¿Por qué esa obsesión con los emprendedores?
Publicado el 29 mayo 2013 por Tenemosderechoatrabajar Este artículo es una interesante crítica a la alabanza del "espíritu emprendedor" que suelen hacer nuestros gobernantes. Es claro que el sistema cooperativo es una alternativa mucho menos alienante. No obstante, el autor no tiene en cuenta que en el capitalismo salvaje en el que vivimos, las cooperativas tienen que competir con empresas que utilizan economías de escala y que esplotan salvajemente a sus trabajadores -sobre todo en Asia, América Latina, Africa...-, lo que lo convierte en un medio hostil para la proliferación de las cooperativas. De hecho, a veces las grandes empresas subcontratan cooperativas, y explotan brutalmente a sus trabajadores obligando a que las cooperativas compitan entre sí para ver cuál le da el servicio o el producto más barato. Es lo que ocurre por ejemplo con muchas cooperativas de la confección en Galicia, en las que se han apoyado empresas como Zara. Hoy en día en todos los sectores económicos, e incluso en la Administración se despide trabajadores para contratar en su lugar a autónomos -que también pueden ser cooperativas- para que realicen el trabajo que hacían aquellos. Tratándonos como empresas se saltan las reglas del derecho laboral que tantas luchas costó establecer. ¿La solución es establecer una renta mínima universal? ¿O quizás también prohibir la subcontratación del trabajo que realizaba una misma empresa, o incrementar los salarios, o regular estrictamente la subcontratación?Lo que está claro es que tendremos que cambiar las reglas del sistema para poder trabajar cooperativamente sin ser explotados.
Fuente: http://larevueltadelasneuronas.com/2013/05/27/por-que-esa-obsesion-con-los-emprendedores/
Autor: Jorge Moruno
No se trata de negar que vivimos un cambio de época, se trata de poner en cuestión la naturaleza del propio cambio y la orientación que éste toma. Queda claro que el modelo de organización del trabajo y las relaciones laborales que veníamos conociendo, dejan de ser viables para cada vez más porciones de la población. Tampoco lo es el papel de la propia relación salarial, incapaz ya de asegurar un conjunto de certezas a lo largo del tiempo, bien porque escasea su oferta, bien porque cuando se tiene empleo no garantiza ninguna viabilidad de futuro. Pero las posibles soluciones a un problema objetivo no descansan sobre verdades objetivas, precisamente porque existen interpretaciones que responden a intereses enfrentados. Una de esas salidas es la que nos ofrece la figura del emprendedor, del empresario de sí mismo, que no es solo de carácter jurídico, va mucho más allá, representa toda una idea, una cosmovisión acerca de como debe construirse la percepción colectiva.Toda esta avalancha mediática que nos habla de “los emprendedores” a modo de mesías que llega a la tierra, afecta a todo el campo de la experiencia vital: el coaching, las terapias y libros de autoayuda, el pensamiento positivo etc…- suponen distintas facciones de un mismo ejército que batalla por ganar la hegemonía cultural apostando a un relato que reinterpreta el ser y sentir –ethos-, de la población. No se trata únicamente de fomentar la creación de empresas, el paquete incluye transformar por completo nuestra interpretación de la realidad en torno a lo que es justo e injusto, aceptable o no aceptable, legítimo o no legítimo. Este discurso del cambio aparentemente transgresor en sus formas pero sumiso en sus contenidos, lo encontramos en el artículo del publicista Risto Mejide, “No busques trabajo”. Se nos presenta como un desafío, lo que en realidad no puede ser otra cosa, que la adaptación servil a un conjunto de reglas variables, indefinidas y cínicas que no son discutidas, sino acatadas. Para obtener el éxito tienes que seguir las pautas y si no lo consigues se debe a que no lo has hecho bien y por lo tanto, al igual que eres artífice de tu propio éxito, también lo eres del fracaso y de tu pobreza.Precisamente, lo que se postula no es otra cosa que aceptar individualmente la realidad que se impone, negando siempre la dimensión social, es decir, la capacidad material de la sociedad para intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Todos somos productos, esto va de saber venderse y para venderse hay que competir sin descanso y ser capaz de gestionar las emociones y la comunicación. Como el empleo ya no es lo que era ni volverá a ser lo que en su día fue, puesto que el imperativo de la competitividad centrado en el consumo no lo permite, debemos “emanciparnos de las conquistas sociales”, que diría El Roto.
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